10 de diciembre de 2011

Leo Caldas (Domingo Villar)


Ojos de agua Entre el aroma del mar y de los pinos gallegos, en una torre residencial junto a la playa, un joven saxofonista de ojos claros, Luis Reigosa, ha aparecido asesinado con una crueldad que apunta a un crimen pasional. Sin embargo, el músico muerto no mantiene una relación estable y la casa, limpia de huellas, no muestra más que partituras ordenadas en los estantes y saxofones colgados en las paredes.
Leo Caldas, un solitario y melancólico inspector de policía que compagina su trabajo en comisaría con un consultorio radiofónico, se hará cargo de una investigación que le llevará de la bruma del anochecer al humo de las tabernas y los clubes de jazz.
A su lado está el ayudante Rafael Estévez, un aragonés demasiado impetuoso para una Galicia irónica y ambigua, e incluso demasiado impetuoso para el propio Leo, que busca entre sorbos de vino los fantasmas ocultos en los demás mientras intenta sobrevivir a los suyos.
Gracias a la labor de este singular tandem Caldas-Estévez la verdad termina por aflorar, llevándonos a desentrañar el secreto que esconden los Ojos de agua.
El enigma policiaco que corresponde dilucidar en esta ocasión se inicia con una cruda escena de hallazgo de cadáver que revela el indecible sufrimiento de la víctima y prepara el casi ineludible clima de crueldad, hipocresía y estupidez.
El narrador que utiliza con brillantez la concisión narrativa y la elipsis descubre diversos ambientes de la ciudad y presenta escenas y caracteres consistentes y tampoco faltan las páginas apreciativas de la comida gallega. 


La playa de los ahogados  El detective gallego, Leo Caldas, y su ayudante, Estévez, se enfrentan a un nuevo caso, que en principio parece un mero suicidio de un pesador taciturno y depresivo, pero que se va enredando cada vez más, y que juega con la tópica ambigüedad gallega, con la que deben lidiar para obtener respuestas claras. El "puede que sí, puede que no" es todavía más exasperante en los pueblos de pescadores, donde nada ni nadie es lo que parece, y donde el pasado siempre vuelve, como las olas.
Una mañana, el cadáver de un marinero es arrastrado por la marea hasta la orilla de una playa gallega. Si no tuviese las manos atadas, Justo Castelo sería otro de los hijos del mar que encontró su tumba entre las aguas mientras faenaba. Sin testigos ni rastro de la embarcación del fallecido, el lacónico inspector Leo Caldas se sumerge en el ambiente marinero del pueblo, tratando de esclarecer el crimen entre hombres y mujeres que se resisten a desvelar sus sospechas y que, cuando se deciden a hablar, apuntan en una dirección demasiado insólita.
Un asunto brumoso para Caldas, que atraviesa días difíciles: el único hermano de su padre está gravemente enfermo y su colaboración radiofónica en Onda Vigo se está volviendo insoportable. Tampoco facilita las cosas el carácter impulsivo de Rafael Estévez, su ayudante aragonés, que no acaba de adaptarse a la forma de ser del inspector.