8 de enero de 2012

La psiquiatra (Wulf Dorn)

Datos técnicos
Título: La psiquiatra (Trigger)
Autor. Wulf Dorn
Editorial: Duomo
Primera edición: Octubre de 2.011

Sinopsis
El caso de una paciente maltratada y aterrorizada se convierte en la pesadilla de la psiquiatra Ellen Roth. La mujer teme ser secuestrada por el hombre del saco. Se lo susurra a Ellen y luego desaparece sin dejar rastro.
Nadie la ha visto ni sabe nada de ella. Ellen quiere encontrarla. Pero al intentarlo, se ve involucrada en un macabro juego del que no sabe como salir para salvar a la paciente y a sí misma. Solo puede intentar encajar las piezas de un rompecabezas diabólico.
Mientras se precipita a un abismo de violencia, paranoia y terror, descubre que los problemas nunca no se arreglan solos...



Autor
Wulf Dorn nació en Alemania en 1.969. Trabajó de logopeda en una clínica psiquiátrica, en la que pudo recopilar material para su primera novela, La psiquiatra, un gran éxito de ventas en toda Europa, con más de 300.000 ejemplares vendidos.

Argumento
Nuestra protagonista, Ellen Roth, es una psiquiatra de 29 años que trabaja  en la Unidad 9, de casos de dificultad especial, en la Clínica del Bosque, dedicada a la medicina psiquiátrica, psicoterapéutica y psicosomática. Su novio acaba de marcharse de vacaciones a Australia con un amigo y le pide que se encargue de sus casos, sobre todo de un CEI, una jerga que emplean entre los dos y que se refiere a un caso de especial interés. A Chris no le gusta tratar víctimas de malos tratos desde que una de sus pacientes se suicidó.
En la notas de Chris pone que la paciente asegura que está en peligro y que él la cree. Ellen va a visitarla a la habitación número 7.
Miró atentamente a la mujer, que se apretujaba contra la pared como si quisiera trepar por ella. En aquel momento, un débil rayo de sol le iluminó el rostro: estaba tumefacto, y tenía especialmente hinchadas la barbilla, las mejillas y las sienes. Los incontables moratones de antebrazos y cara parecían manchas de hollín en la oscuridad, como si hubiese estado limpiando una chimenea con las manos desnudas y después se hubiese secado con ellas el sudor.
Fuera cual fuera el método utilizado para apalearla, había llevado su tiempo. Lo más probable era que no fuese una prostituta, pensó Ellen, porque los proxenetas no suelen golpearlas en el rostro. Prefieren buscar lugares menos llamativos para que ellas, al menos, puedan hacer trabajos orales.
Al ver la tristeza en los ojos de la mujer, Ellen comprendió por qué aquel CEI había impactado tanto a Chris y por qué le había dicho que quizá fuera mejor que ella se encargara del caso.
—Aquí está segura. Nadie va a hacerle daño. Yo he venido para ayudarla.
La mujer frunció ligeramente el ceño. También pareció dolerle.
—Hombre —dijo.
No fue más que un susurro.
—¿Un hombre le ha hecho esto?
Un movimiento rápido de cabeza y enseguida un «sí» apenas perceptible.
—¿Quiere explicármelo?
—Tiene que protegerme de él, ¿lo hará?
—Por supuesto que la protegeremos. Pero para ello debemos saber a quién se refiere.
—Al hombre del saco.
—¿El hombre del saco? ¿Se refiere a algún transportista? ¿O a un molinero, quizá?
—Al hombre del saco, al hombre del saco. ¿Quién teme al hombre del saco? —cantó la mujer con su vocecilla infantil.
Entonces dejó escapar una risita demencial y dejó entrever una hilera de dientes amarillentos.
—¿El del folclore infantil?
La mujer la miró con ojos como platos.
—¿Y qué hacemos si lo vemos? ¡Correr! —dijo. Parecía desesperada—. Pero no podemos escapar de él. Imposible. Es muy astuto.
—¡No, no se vaya! ¡No me deje sola, por favor!
—Solo serán unos minutos, se lo prometo.
—¡Pero entonces vendrá a por mí!
—¿El hombre del saco?
—Sí.
—Le aseguro que no vendrá. Aquí no puede entrar. Y yo volveré enseguida.
—¡Prométeme que me protegerás cuando venga a por mí!
La voz de la mujer era apremiante pero queda, como si temiera que su torturador pudiera oírla. La miró con un miedo angustioso, se acercó aún más a ella y esperó su respuesta.
Ellen dudó unos segundos. Aquella mañana, de camino al aeropuerto, le habría resultado muy fácil asumir las consecuencias de aquella promesa. Se habría limitado a pensar en Chris y en su bienestar. Pero ahora era plenamente consciente de la trascendencia de sus palabras.
—Te lo suplico. ¡Promételo!
—Yo... se lo prometo —jadeó.
—¿De verdad?
—Sí, de verdad —dijo, y tragó saliva para no vomitar.
Lo logró.
—De verdad —repitió, esta vez con más aplomo.
«¡Por Dios, Chris, en menudo lío me has metido!»
La mujer le soltó los brazos y volvió al rincón de la habitación.
—Es muy, muy malo —murmuró—. Y muy astuto. Es terriblemente astuto.
Y dicho aquello se puso a canturrear la canción infantil del hombre del saco.
No hay duda de que eres un CEI, pensó Ellen, frotándose los doloridos brazos.
Cuando se lo cuenta a su amigo Mark Behrendt, psiquiatra con experiencia en víctimas traumáticas, le dice que el caso va a poder con ella, que se está obsesionando, y que al día siguiente acudirá con ella a ver a la paciente de la sala 7.
Pero cuando Mark y Ellen van, ha desaparecido y no consta en ningún registro. Cuando Ellen va a buscar las notas de Chris para demostrarle que es verdad, la carpeta está vacía. Pero pronto descubre que han forzado sus armarios con un abrecartas y le han robado todos los informes.
Cuando empieza a decir que ella ha estado con esa mujer y que ha hablado con ella, nadie la cree y piensan que ha estado sometida a mucho estrés. Apenas sabía nada de la paciente, y si no había sido capaz de convencer a su colega y al personal del hospital de que la mujer existía ¿cómo iba a creerla nadie? Tenía que descubrir personalmente lo que había pasado. Y sabía donde empezar a buscar.
Acude al pabellón de Urgencias para ver los ingresos que se habían producido y ese día y encuentra el expediente de una mujer que coincide. La mujer se llamaba Silvia Janov y, según el informe había tenido un accidente. El médico que la había tratado, había observado en ella numerosos hematomas en ambos lados de la cara, el pecho y los brazos y había apuntado que, en su opinión, no se habían producido en el accidente de aquel día, lo cual no dejaba lugar a dudas.
Pero una doctora la descubre y el director le ofrece que tome una semana libre de vacaciones en lugar de sancionarla.
Como sigue pensando que hay algo extraño en aquel caso, decide que quiere descubrir a toda costa de qué se trataba… de una vez por todas.
Y va a buscar a Silvia Janov, el nombre que aparecía en el expediente que había encontrado, pero ella nos es la paciente que está buscando.
Acude a la policía, pero el que le atiende le comunica que sin un nombre no pueden ayudarla. Cuando sale del edificio observa una furgoneta y un sexto sentido le dice que está allí por ella. Y no se equivoca, porque el coche empieza a perseguirla.
Cuando finalmente logra escapar, recibe una llamada telefónica. La voz que sonaba al otro lado del teléfono hizo que se le helara la sangre en las venas. Estaba distorsionada, como si proviniera de una máquina y no de una persona, pero Ellen habría jurado que se trataba de un hombre. Ella le pregunta que quién es y le responde: ¿Quién teme al hombre del saco?.
Al preguntarle nuestra protagonista que qué ha hecho con la mujer, él le responde que no es tan sencillo de explicar, y que lo mejor será que se vean en persona. Ellen le pregunta que pasará si se niega, a lo que él contesta que desaparecerá, pero no sin antes verse obligado a hacerle mucho daño a alguien. Ellen accede y la voz le dice dentro de quince minutos en el aparcamiento del bosque. En el lugar al que sueles ir a correr.
Al llegar al bosque se encuentra con una niña, que le dice que la siga, que él la está esperando. Corre persiguiendo a la menor, pero un fuerte golpe en la espalda hace que se desplome.
Le pregunta al hombre, al que en ningún momento ve, que es lo quiere de ella. Pues bien, como sucede en los cuentos, en este también tenemos un personaje que propone un enigma para resolver. Resuelve el enigma que te propongo, porque si no…mataré a tu apestosa amiga. Y jamás te librarás de mí.
Y empieza así un “juego” entre la psiquiatra y el “hombre del saco” en el que todas las pistas que este último le va dando solo generan más y más confusión en ella, la hacen sospechar de todas y cada una de las personas que la rodean y dudar hasta de su propia cordura.
Hasta que llega un momento en que es incapaz de distinguir lo posible de lo imposible, lo ficticio de lo real, y empieza a pensar que es posible que haya podido convertirse en uno de sus pacientes.

Opinión personal
Cuando vi por primera vez este libro, me sedujo su portada. Después, cuando leí su sinopsis, pensé que podía ser un trhiller claustrofóbico, del estilo de No confíes en nadie o Nadie te encontrará.    
Y acerté. Desde el primer momento nos ponemos en la piel de Ellen y vamos sufriendo con ella su cada vez mayor angustia.
El libro no pierde su interés en ningún momento y nos absorbe desde el mismo instante en que Ellen descubre que la paciente ha desaparecido.
Vivimos con ella su desesperada búsqueda hasta el sorprendente e inesperado desenlace final.
Magistral la forma de tratar el autor los problemas mentales y la vida de los pacientes recluidos, así como la forma de retratarnos la fila línea que separa la cordura de la locura.

Valoración: 8,5.

Leído el 8 de Enero de 2.011
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