25 de enero de 2012

Las cien voces del diablo (Ana Cabrera Vivanco)

Datos técnicos
Título: Las cien voces del diablo
Autor: Ana Cabrera Vivanc
Editorial: Grijalbo
Primera edición: Febrero de 2.011

Sinopsis
Villa Veneno, Cuba, mediados de la década de los cincuenta. El joven Lucifer Domínguez Amargo se enfrenta a la turba de indignados ciudadanos que pretenden lincharlo, acusándolo de un horrible asesinato.
A sus veintiún años Lucifer siente que su muerte no es una tragedia, sino la liberación de una vida que no ha sido más que un continuo calvario de desprecio y rechazos. 
Salvo un puñado de momentos de pasiones culpables, nadie jamás le ha querido, ni siquiera su madre, quien, nada más nacer, lo entregaría al ostracismo del olvido y a los brazos de una criada negra que, de vez en cuando, se apiadaba de él. 
Su destino estaba escrito desde su llegada al mundo, incluso mucho antes, cuando tuvo lugar la arrebatadora pasión entre el coronel Amargo y Santa Cecilia, sus abuelos maternos. 
De su veleidoso amor nacerían la bravía Leonor, su madre, y su meliflua tía Nina, dos hermanas cuyo sino maldito se refrendaría cuando en su camino se cruzara Jacinto, un macho de leyenda, fornido y cetrino.
De las relaciones clandestinas de éste y de Leonor nacía Lucifer, a quien su propia madre señalaría como hijo del mismísimo Satán, que la había poseído mientras dormía, marcando así la vida del desdichado retoño para siempre.
Autor
Ana Cabrera Vivanco, nació en La Habana (Cuba) en 1.950 y vive en la actualidad en Tarragona. Su primera novela de ficción fue Las horas del alma, con la que obtuvo un gran éxito, siendo Las cien voces del diablo su segunda incursión en este género.

Argumento
Estos párrafos son algunos de los que resumen perfectamente la trama y el carácter de los personajes:

  • Durante más de una década se amaron con un ardor desmedido e insensato. No quedó rincón en Los Tres Soles que no hicieran paraíso de sus revolcaduras. Gustaban de gozarse sobre la nata blanca de azahares que derramaba el naranjo del patio o meciéndose en la hamaca que colgaba al pie del framboyán, y una noche de tempestad pavorosa después de mucho buscarlos, los encontraron bajo el cobertizo de caña, retozando desnudos y azulados por la luz de los relámpagos. Los monteros y peones de la finca llegaron a acostumbrarse a que su señora ronroneara como una gata en celo detrás de su marido de la mañana a la noche y que él la poseyera a la intemperie sin cuidarse de nada ni de nadie. La señora era una santa milagrosa que, además de curarle al coronel su fiereza homicida, había devuelto la paz a Los Tres Soles y la tranquilidad nocturna a los hombres de la hacienda.
  • Todas sus condiscípulas le parecían tontas y aburridas. Sumisas a los castigos de Dios y sujetas a los tabúes del sexo y reglas de disciplina. Ella en cambio era una niña que no conocía el miedo y que todo lo sabía. Con los animales aprendió las cosas de los adultos. Tanta gazmoñería y ¡total!, ¿ambos no hacían lo mismo? Ella supo desde chica lo que pretendía ser de grande y cuando la madre murió y el padre quedó como un guiñapo, tenía ya trazado el camino de su vida y tomada la decisión de emparejarse. Convencida de que no habría de nacer hombre capaz de domarla, emprendió lo del casorio como una de las tantas tareas de la finca, lo mismo que si escogiese un nuevo semental para sus vacas o mandase que le ensillaran a Centella para salir a galopar. Sabía que no había heredado el encanto milagroso de su madre. Pero estaba complacida con su figura agreste de amazona hecha a fuego y pedernal, y de aquellos fucilazos que despedían sus pupilas, a las que ninguno se atrevía a mirar jamás de frente. Cuando anunció al padre su decisión de escoger hombre, el coronel se encogió de hombros sin decir una palabra.
  • Jacinto parecía disfrutar a plenitud del placer de bucear en sus baúles. Tenía siempre las dos manos ocupadas: con la derecha repartía entre las criadas el cacao que traía de Maracaibo y con la izquierda, pellizcaba sus pezones y les sobaba las nalgas. Compartía con los peones un tequila peleón de pelo en pecho, que además de reafirmarles la hombría, levantaba la virilidad. A las mujeres las conquistaba seduciéndolas y a las pocas que se resistían, les robaba el corazón, igual que llegó a robarse el de los hombres.
  • Ese día regresó a la parroquia con todas las voces del diablo metidas en la cabeza, sonándole a una misma vez y con tal intensidad que le cerraban la entrada a la voz única y divina del Señor. Tenía deseos de llorar, pero no sabía cómo; eso le daba más rabia

Opinión personal
Lo fundamental de la novela es el estilo de la autora. Aunque a ella no le gusta que la comparen con escritores como García Márquez e Isabel Allende, es imposible no recordarlos cuando estamos leyendo la obra. El realismo mágico, su magnífica prosa, sus descripciones, su rico vocabulario, la sensualidad y el erotismo que desprenden todas las escenas, la importancia de los olores y los sabores, los amores extremos y desmedidos (en un beso agotador capaz de consumirles de golpe todo el aire en los pulmones y matarlos de un tirón, rotos de tanto quererse y respirar hasta el fondo el anhelo de estar juntos), la inmensa cantidad de personajes que desfilan a través de sus páginas (algunos importantes, otros no tanto, pero todos retratados de tal forma que llegamos a identificarnos con ellos), así como la trama en sí, la historia de tres generaciones de la familia Amargo, todo ellos nos lleva a recordar clásicos como Cien años de soledad.
Aunque me encantan los libros de grandes pasiones y tragedias, este libro no ha sido lo que me esperaba después de haber leído Las horas del alma. Imagino que porque muchos capítulos empiezan anunciándonos ya lo que va a suceder y la obra pierde así mucha intensidad, y porque en algunos momentos precipita demasiado algunas historias.

Valoración: 7.

Leído el 25 de Enero de 2.012